SOUVENIRS [recuerdos]

Mi padrino.

 

Me bautizaron en Guéret el 9 de julio de 1944, tenía tres meses.

 

Mi madrina fue Teresa mi hermana primogénita. En el registro parroquial de la iglesia se nota que su firma era un poco inhábil, tenía seis años. Mi padrino se llamaba Carlo Obidig. En la memoria familiar decían que era yugoslavo, excombatiente de las Brigadas internacionales.

¿Cómo y por qué se plantó en Guéret y no en cualquier otro lugar? La pregunta no tiene respuesta y seguramente no la tendrá nunca.

Lo cierto es que, lógicamente, hizo amistad con los refugiados españoles del barrio en el que vivía, es decir con mis padres. Trabajó en el sanatorio de Sainte-Feyre (un pueblo cercano de Guéret) y falleció en ese mismo sanatorio. Unas búsquedas en internet me permitieron descubrir su certificado de defunción*

 

Acte de décès du 21/01/1949 de :

Carlo OBIDIG

De sexe masculin, est décédé : † le 20

Lieu : Sanatorium.

né à GONZIAT (Italie) le 17 mai 1898, employé , célibataire

Le père est Carlo OBIDIG (†). La mère est Marie VELIESGUA (†)

En présence de Louis LAFARGUE (46 ans chauffeur voisin)

Acte 23193-P2190320 (3) ; Numéro de Saisie Acte: 385

 

Se puede notar que "Gonziat" no existe, es una trascripción errónea de "Gorizia": mi padrino nació en una ciudad del nordeste de Italia.

 

Con internet me enteré de otra cosa: en 1929 Carlo Obidig vivía en Trieste**, hizo una petición para cambiar e italianizar su apellido en Obici. Lo consiguió por un decreto prefectoral ***: deduzco que no era yugoslavo, era italiano de origen yugoslavo.

 

Cuando estalló la guerra de España, sabemos que se comprometió con los republicanos y el compromiso duró hasta la Retirada. Y lo que hoy me parece evidente es que se avergonzó por el alistamiento de ltalia de parte de la dictadura franquista, se avergonzó hasta renegar de su apellido de consonancia italiana.

 

En Francia se hizo conocer por su primer apellido: Obidig, cómo lo firmó para mi bautizo.

Mi padrino era un tío legal. Descansa en el cementerio de Sainte-Feyre (Creuse), en el emplazamiento número 254: "Charles Obidig".

 

*http://www.genealogie23.fr/Site/releves/Sainte-Feyre/Sainte-Feyre-D-1945-1950.pdf (pagina 34).

** Trieste era italiana desde 1921.

*** http://augusto.digitpa.gov.it/gazzette/index/download/id/1929257_P1pdf pagina 4936, 15/05/1929.

Los escarabajos.

 

En Francia la gente que vivió la guerra de 1939 hubo durante toda su vida mucha aversión hacia a los Alemanes.

Además cuando hablaban de los Alemanes los Franceses solían llamarlos "les Boches" o "les Chleuhs", que son unas palabras muy peyorativas. También empleaban una expresión metafórica "les doryphores" : los escarabajos, unos insectos que invaden los huertos y destruyen las plantaciones de patatas.

 

En 1944 el pueblo de Guéret estaba bajo ocupación alemana. Aquel día estábamos los cinco en casa: mi padre, mi madre, mi abuela, Teresa mi hermana primogénita y yo, bebé como en la foto. Aurelia aún no había nacido: por el momento no era nada más que un rayo de esperanza en la mirada enamorada de mi padre por mi madre…

 

Dos soldados alemanes llamaron a la puerta. En seguida mi padre se escondió en el desván: las redadas para detener o deportar a los hombres eran frecuentes… y a veces ejecuciones por represalias.

 

Los soldados no eran S.S., eran soldados ordinarios de la Wehrmacht, venían a pedir agua. Mi madre abrió la puerta con su bebé (yo) en los brazos, y cómo no comprendía lo que decían los soldados (y por el miedo de que descubrieran a mi padre) le entró una risita nerviosa. La reacción de un soldado fue sacar su pistola y apuntarla en el pecho de mi madre: "correct Madame, vous beaucoup correct, pas rire Madame" [correcta Señora, usted muy correcta, no reír Señora].

 

Aquella escena la vio mi hermana Teresa con sus ojos de niña de seis años.

Han transcurrido setenta años y mi hermana sigue no sportando ver películas o documentales que tratan de la guerra con los Alemanes… los escarabajos.

 

Radio Madrid

 

Cuando podíamos captar Radio Madrid solíamos escucharla hasta el fin de los programas.

Me acuerdo de aquella radio: pequeña, en bakelita de color rojizo. Las radios de aquellos tiempos no eran como las de hoy que funcionan con pilas: además de enchufarlas era necesario añadirlas una antena para captar las ondas cortas. Una antena muy rara: un muelle de cobre que subía hasta el techo y que recorría varios metros por la pared.

 

Cuando se terminaban los programas el locutor pronunciaba siempre la misma fórmula: "¡Viva F***, arriba España! "… y un toque de trompeta. No es necesario precisar quién era F*** ¿no? Lo siento pero a pesar de tantos años trascurridos sigue siéndome insoportable pronunciar o escribir el nombre de aquel hijo de la gran puta...

 

Pues, igual que había un ritual de despedida en la radio, en nuestra casa el ritual familiar era este: mi padre se precipitaba para apagar la radio antes de que el locutor pronunciara la fórmula aborrecida. Y, cuando ocurría que, por un motivo u otro mi padre no hubiera apagado la radio a tiempo... me tapaba los oídos con las manos y me ponía a chillar para cubrir la voz del locutor. Y enseguida se oía un eco: mi hermanita unía sus chillidos a los mios.

 

Por supuesto nos es conveniente pegar gritos desgarradores mientras duermen los Franceses, pero nuestros padres jamás me regañaron en aquellas circunstancias. En el fondo pienso que estaban bastante orgullosos porque sabían que esa actitud era la expresión de un comienzo de conciencia republicana.

La violetera

 

Frecuentemente mi madre cantaba los éxitos de Raquel Meller mientras cumplía las tareas domésticas: “el relicario”, “soy de Madrid”, “Nena” y, por supuesto, “la violetera”...

 

Un día, a principios de los años cincuenta, en el cine Continental que era el cine más importante de Guéret, una tropa de cantantes y músicos españoles presentó un espectáculo que atrajo una parte importante de la comunidad española del pueblo.

 

También vinieron franceses porque en aquellos tiempos había una moda, digamos...hispanófila con unas canciones: Sombreros y mantillas*, Buenas noches mi amor**, etc.) y sobre todo con las películas con Luis Mariano y las operetas de Francis López.

 

Los españoles estábamos sentados en los sillones de madera de las primeras filas, muy cerca de la escena. Los franceses en las butacas de terciopelo azul en el fondo de la sala. Y entre los españoles y los franceses unas filas vacías.

 

Estar delante era ideal para aprovechar el espectáculo (y para pagar menos), pero yo era demasiado joven para comprenderlo : a mí, como a todos los niños, no me gustaba ser diferente de la mayoría (la mayoría eran los franceses), además estar sentado en los sillones de madera resultaba muy incómodo, yo tenía la impresión de que los espectadores españoles podían, en cierto modo, ser mirados como un elemento del espectáculo.

 

La compensación de aquel sentido negativo fue cuando la cantante de la tropa interpretó “la violetera”. Empezó cantando en la escena, con un cesto de flores en el brazo y, sin dejar de cantar, bajó hacia la sala y distribuyó unos ramitos de violetas ... a los espectadores de las primeras filas y, entre otros muchos, a mis padres.

 

Llévelo usted señorito

que no vale más que un real

cómpreme usted este ramito

cómpreme usted este ramito

pa' lucirlo en el ojal

 

¡Menudo trofeo nos trajimos a casa! Claro, las violetas eran artificiales, de tela, y no olían a violeta pero eso no importaba.

 

Ahora, yo creo que si la cantante a los franceses no les dio flores no fue por discriminación sino porque la duración de la canción no le permitió de atravesar toda la sala hasta alcanzar las filas las más alejadas de la escena...

La escuela primaria

 

Al terminar el parvulario, mis padres tuvieron que tomar la decisión de inscribirme en una escuela primaria. Dos posibilidades existían en el pueblo. O el colegio comunal, o el instituto (Lycée).

 

Al colegio comunal iban todos los chicos del barrio, en cambio el instituto tenía la fama de ser el colegio de los ricos.

La idea de ir al colegio con los chicos del barrio no me gustaba porque nunca hice amistad con ellos, o mejor dicho ningún de ellos hizo amistad conmigo.

Frecuentemente se burlaban de nosotros que éramos los únicos inmigrantes del barrio y porque no aguantaban que nuestras costumbres fueran distintas de las suyas. Un ejemplo: a veces para merendar mamá nos hacía un bocadillo con una tortilla a la francesa (sin patatas). Eso, los niños franchutes no lo podían aguantar. La merienda ha de ser... una rebanada de pan con un trocito de chocolate, ¡punto pelota!

 

Otro ejemplo: a pesar de que mamá nos prohibiera hablar español fuera de casa, cuando llamábamos a nuestra abuelita en la calle, por supuesto decíamos “abuelita”, no se nos ocurría decir “memé” porque ella, el francés, no lo habló nunca (solía decir que los que dicen que los pasteles son gatos son unos estrafalarios)... Así que cuando nos veían por la calle los niños del barrio gritaban ¡abuelita, abuelita! Y se reían a carcajadas.

Y a menudo la burla era algo más que burla cuando decían “sale espagnol retourne chez Franco, tu viens manger le pain des Français” (maldito español, vuélvete con Franco, vienes a comer el pan de los franceses).

 

Bueno, esto para explicar que no quería encontrarme en el colegio con los del barrio.

Lo que terminó de convencer a mi madre es que una vecina que se las daba de superior dijo que sus hijos jamás irían al colegio comunal y que iba a inscribirlos en el instituto: eso fue lo que convenció a mi madre. Yo, su hijo valía más que los suyos, más que todos los niños del barrio, del pueblo, del mundo. Su hijo valía un potosí.

Cogió cita con el director del instituto y se presentó con su intérprete que era mi hermana primogénita (tenía doce años)... Y le convenció de que yo, su hijo, merecía estudiar en el instituto. ¡Que alivio fue el mio y que alegría fue la de mi madre!

 

El primero de octubre, día de la vuelta al colegio, mi madre me llevó de la mano con un delantal bordado con mis iniciales, bien peinadito con la raya a la izquierda, y con una carterita nueva.

 

La verdad es que me comporté muy bien en el instituto. Cuando se terminaron los cursos en el mes de julio siguiente tuve la enhorabuena del Consejo de disciplina, y al reparto de premios me dieron un montón de libros. En aquellos tiempos era una ceremonia muy emocionante: una orquesta tocaba una música preciosa con violines* y para recoger tus premios debías subir en un estrado donde estaban sentadas muchas personalidades. La guinda del pastel fue que los libros, atados con una cinta blanca, me los dio un General, si señora, un General auténtico vestido de caqui y con un quepis...

 

Cuando se terminó la ceremonia, volver a casa fue un verdadero maratón: tuve que dar dos veces la vuelta al pueblo para que todos me vieran con los libros en los brazos y se enteraran de lo bien que había estudiado y... ¡para que se jodieran los vecinos del barrio!. Es lo menos que podía hacer por mi mamá, ¿no?

 

 

* ahora sé que era la marcha militar nº1 opus 51 D 733 de Schubert

América.

 

En esta foto de 1952 llevo una camisa de cuadros. Tal vez esto parecerá una cosa común pero esa camisa era muy particular porque era una camisa americana, ¡auténticamente americana! No de las que se compran hoy en las tiendas o en los supermercados que, por lo demás, ahora vienen todas de China.

La camisa la mandaron directamente desde el Massachusetts (EEUU) hasta la calle Roudaire en Guéret, Francia, ¡si Señor! Envío especial de una Señora que se llamaba Miss Gertrude Hooper.

 

La explicación es esta: en América después de la guerra diversos programas fueron iniciados para ayudar a las poblaciones que sufrieron privaciones durante la guerra y entre tantos a los refugiados republicanos españoles en diversos países. Cuando se enteró de que unos españoles de Guéret recibían ayuda de los cuaqueros mi madre, enseguida, no dudó en escribirles una carta para que ayudaran también a su familia. Hoy tendría curiosidad por ver aquella carta porque si mi madre era muy mañosa para muchísimas cosas, para escribir… el colegio lo frecuentó apenas dos años en su infancia. Pero lo hizo porque mi padre aquella carta jamás la hubiera escrito.

 

El principio era que los cuaqueros ponían en contacto a una familia americana acomodada con una familia desfavorecida: a nosotros nos tocó la ayuda de la Señorita Gertrude. Recibimos con regularidad unos paquetes que venían por un camión de Calberson París, eran bastante imponentes, ceñidos con una cinta metálica: solo podía abrirlos mi padre porque se necesitaba una pinza para cortar la cinta. A veces los paquetes incluían alimentación, pero una alimentación un poco rara: latas con pavo, huevos deshidratados en polvo... ¡Y fue con esos paquetes que probamos nuestros primeros chicles!

 

Hoy no me parecería muy bien porque aquello era ni más ni menos una obra de beneficencia, pero para un niño, lo que prevalecía era el placer de recibir unos paquetes que eran como regalos de un Papá Noël supergeneroso. Y además del placer de recibir... la sorpresa, porque no sabíamos con antelación el contenido de los paquetes. Sin embargo... fuera de casa, ante los franceses, en el barrio o en el colegio, nunca me enorgullecí de que recibíamos paquetes de ayuda.

 

Los paquetes para los españoles se terminaron en 1956 porque los estadounidenses consideraron que había gente aún más desfavorecida en otros sitios en el mundo...

 

El abriguito de piel blanca.

 

En una foto con mis hermenas, Teresa y Aurelia en el cochecito, llevo un abriguito de piel blanca. No sé como aquel abrigo llegó hasta mis hombros, porque si hoy es muy raro que un niño, varón, lleve un abrigo de piel, en aquellos tiempos era rarísimo ir vestido así. Pues aquel abriguito queda relacionado con un recuerdo muy especial.

 

Llegó en Guéret un circo ambulante. Al salir de la guerra, en los pueblos, los espectáculos de circo eran importantes porque ocasiones de divertirse había pocas. En aquellos tiempos las televisiones eran muy diferentes de lo que son hoy : no tenían pantalla y se llamaban “radio”, de modo que no eran muy divertidas.

 

Nuestros padres compraron unas localidades, no de las más caras, claro. Es decir que estábamos ubicados en las gradas altas del circo. Y yo, contentísimo, fíjate: además de ver a los payasos iba a ver las fieras y eso era una oportunidad fantástica porque yo, mayor, iba a ser un explorador muy valiente en la jungla, subido en un elefante, domando los leones nada más que con una mirada y la fuerza de mi mente, troceando los boas con el machete porque las serpientes me dieron siempre y siguen dándome mucho asco.

 

Entonces, bien sentadito en la grada, balanceaba mis piernecitas hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás. Hacia adelante y tan hacia atrás que perdí el equilibrio, desaparecí debajo de la grada y me estrellé por el suelo a algunos metros más abajo. Mi padre se echó para recogerme e hicieron un anuncio para preguntar :“Y a-t-il un médecin dans le public ?”. Eso es lo que me dijeron después...

 

En cambio el recuerdo que tengo es que me desperté en el camerino de una trapecista, un recuerdo no muy preciso pero el de una sensación de bienestar. En el camerino había un calor muy agradable, un olor suave, luces tamizadas con pantallas y cortinas de color rosa.

 

Muchos años después, me figuro que aquella trapecista debía ser una morena muy maja, guapa como una madrileña “de pié chiquitito, con ojos de sultana y dientes de marfil”*, vestida con un albornoz rojo, y que me cogía en sus brazos para cubrirme de besitos, porque es natural dar muchos besitos a un niño que además de haberse caído es muy guapo. Claro, esto no son más que suposiciones pero hoy me gusta pensarlo.

 

Lo que es cierto es que el espectáculo se terminó estupendamente: nos colocaron en la primera fila. De tal manera que pude ver las fieras muy de cerca, que casi se podía alcanzar la reja de protección con la mano. Y yo encantadísimo de ver los tigres que saltaban a través un aro de llamas que apestaba a petróleo. En cambio me quedé asombrado al ver una tigresa sentada en un taburete que se puso el culo en vilo y a mear sin más refinamiento de lo que hubiera hecho una vaca de Guéret. Un chorro fenomenal que faltó poco para que nos salpicase a todos los de la primera fila.

 

Bueno, lo de la pis es un detalle pero a los niños les gustan mucho esos detalles. Lo importante es que el abriguito de piel blanca, además de abrigarme como es natural por un abrigo, había amortiguado la caída que hubiera podido ser gravísima. Pero fue más el susto que otra cosa...

 

* Referencia a la zarzuela "el último romántico" (ca 2'24).

¡El Papá Noel no existe!

 

Aún no tenía cinco años y lo que solían contar a los niños a propósito del Papá Noel no me convencía: que un hombre tan viejo pudiera traer juguetes a todos los niños del mundo durante la noche de Navidad era imposible, viajar en un trineo con renos por los aires, entrar en las casas pasando por las chimeneas sin despertar a nadie...

 

A pocos días de Navidad noté que encima del armario de la cocina había un paquete que no lo había visto la víspera: enseguida me dudé de que estaba relacionado con los supuestos regalos del papá Noel. Cavilé que, cuando hacía su trabajo escolar en casa, mi hermana mayor (que entonces tenía diez o once años) consultaba a menudo un diccionario: el "petit Larousse". Un libro que me impresionaba y me atraía porque además de ser más gordo que los demás parecía muy útil para aprender muchas cosas. A veces lo hojeaba, pero muy cuidadosamente porque ya percibía que los libros no son objetos como los otros: los libros necesitan respeto. El "petit Larousse" a pesar de sus letras de imprenta muy pequeñas era bastante divertido porque incluía muchas viñetas, en aquellos tiempos todas en blanco y negro, menos las dos páginas de las banderas nacionales.

 

Pues cogí el diccionario de mi hermana y busqué "père Noel": Es necesario precisar que además de conocer el alfabeto yo sabía leer desde el parvulario. La búsqueda no era muy fácil para un niño de cinco años pero cuando llegué a la buena página todo resultó facilísimo porque había un dibujito del papá Noel y el diccionario decía que el père Noel era un personaje "mythique" o sea mítico. Entonces me tocó buscar "mythique", fue un poco más complicado (los Franceses son muy raros, no pueden escribir las cosas sencillamente, en las palabras añaden letras que no sirven para nada), pero el petit Larousse me informó de que una cosa mítica es una cosa que no tiene realidad.

 

Entonces, triunfante, fui a ver a mi hermana mayor, Teresa.

- ¡El Papá Noel no existe!

- ...

- No existe porqué es un personaje mítico, y un personaje mítico es un personaje que no existe. ¡a mí no me cuentan mentiras, está escrito en el diccionario!

 

Se quedó helada y solo me dijo : "no lo repitas a Aurelia".

 

Además del orgullo de haber descubierto el pastel su respuesta me dio un sentido de victoria: yo estaba de parte de los que saben. ¡El petit Larousse era una arma temible!

 

A mi hermanita no lo repetí enseguida. Esperé un par de días.

Las bolitas envenenadas.

 

Cuando tomabas la calle Roudaire hacia abajo y pasabas el puente del ferrocarril la calle se hacía deshabitada: en medio de los campos y los huertos vivía una vejeta que se ganaba unos céntimos vendiendo unas pocas flores y verdura. A veces íbamos con mi hermanita y, con unos diez o veinte céntimos, nos traíamos un manojito de flores para el día de la madre u otras ocasiones, o para hacer la pelotilla con la maestra de escuela.

 

Noté que hacia la casa de esa vejeta había un árbol que se cubría todos los años con unas bolitas coloradas muy bonitas. Decían los niños del barrio que esas bolitas eran veneno. Pues a mí, me parecía mentira que esas bolitas tan bonitas fuesen envenenadas... ¿cómo comprobarlo?

 

Le expliqué a mi hermanita que lo que decían los golfos del barrio eran mentiras y que esas bolitas eran muy buenas y la convencí de probarlas. Ella me escuchó, se fue hacia el árbol y al volver me dijo que sí, las había comido. Enseguida tuve un remordimiento y fui a chivatearlo a nuestra madre: y si lo que decían los golfos del barrio fuera verdad...

 

¡Mamá, Mamá! Aurelia comió las bolas rojas del huerto de la vieja de las flores!...

Su primera reacción fue pegar un chillido, la secunda darle un azote a mi hermanita, y por fin correr hasta el cuarto del casero para que hiciera una llamada telefónica al médico (en aquellos tiempos había muy pocos teléfonos, y móviles ni hablar).

 

Vino el Doctor Roux : puso los dedos en la garganta de mi hermanita para que vomitara. Lo extraño es que en vez de vomitar en la palangana que le presentaban se escapó hacia la calle para vomitar en la alcantarilla. Volvió y dijo que lo había echado todo. El médico dijo que no tendría consecuencias, cobró la visita y se marchó. Y a Aurelia le tocó endurar otro azote.

 

Así se terminó lo de las bolitas.

 

Por lo menos eso es lo que me creí, porque el epílogo fue diferente: al cabo de unos meses Aurelia me confesó que las bolitas no las había comido y aunque no se las hubiese tragado no se fue de lengua... ¡Antes endurar los azotes y la vomitona que reconocer que me había desobedecido!

Cuento de Navidad

 

Ciertos años el 24 de diciembre, por la tarde, en casa se armaba un ambiente más bien dramático.

Es muy raro observar como un conjunto de circunstancias, cada una muy anodina en apariencia, puede cuajar en riña “tsunámica”...

 

Voy a procurar explicarlo detalladamente... ¡atentos!

  • Navidad no es un día como los otros ¿Vale?
  • Para Navidad es frecuente beber unas copitas con los amigos y con la familia ¿vale?
  • Y la casualidad era que el nombre del patrón de mi padre era Noel y, en Francia, cuando el hombre de quien es el santo ha sido criado en buenos pañales es habitual que ofrezca unas copitas a sus amigos y relaciones ¿vale?
  • Y cuando esa persona que tiene buena educación es tu patrón, y te ofrece una copa por ser su santo, no es posible rechazarlo ¿vale?
  • Y cuando te has bebido la copita, si no eres un patán empedernido es natural que tu pagues tu ronda ¿vale?
  • Y tan bien es necesario precisar que mi padre y su patrón eran de la misma quinta, así que las relaciones de ambos eran más bien amistosas.
  • Y como mi padre no solía ir de tascas excepto los 24 de diciembre...

 

De todo este contexto resulta que varias veces papá llego a casa... piripi. Y unas escasas veces algo más que piripi.

 

Hasta la Nochebuena de aquel año que mamá tuvo una idea... una idea, digamos genial. Genial pero diabólica. Bueno, digamos genialmente diabólica...

 

A la hora que ella sabía que estaba para terminarse la jornada de trabajo salió a buscar a papá al taller :

 

–¡date prisa que en casa te espera una sorpresa fenomenal!

–¿qué ocurre?

–tus hermanas llegaron de Madrid, ¡están en casa, te esperan!

 

Mi padre se quedó mudo y se puso más blanco de lo que era su mono de pintor el lunes por la mañana antes que lo embadurnase. Sus hermanas mi padre no las había visto desde unos doce años. En cuanto limpió los pinceles y se mudó de ropa volvió a casa corriendo.

 

–¿donde están mis hermanas?

–Pues, no sé. Tal vez estarán en Madrid...

–¿…?

–Todo esto porque estoy harta de que nos jodas todas las Nochebuenas por venir borracho a casa, porque ya no puede ser que me faltes el respeto a mí, a los niños y a su abuela, porque tú no sabes decir que no cuando el patrón te lleva de tascas, porque tú lo que tienes es sangre de horchata, porque tú, mujer, hubieras terminado prostituta, etc., etc...

 

Aquel día la cena de Nochebuena tuvo un sabor de amargura y de tristeza para mi padre... pero jamás volvió piripi los 24 de diciembre.

 

En la foto mi padre es el flaco con el pitillo en la mano.

La canción que hacía llorar a nuestros padres.

 

Cuando en la radio escuchaba la canción "el emigrante" a mi madre le saltaban las lágrimas en los ojos. A mi padre no, porque los hombres no lloran, en cambio se apartan a sacar el pañuelo como si fueran acatarrados. El que escribió la letra de la canción fue Juanito Valderrama.

 

Pues no sé si lo habrás notado, al cabo de los años, cambió la letra de la última copla, y en vez de decir:

"un estandarte con los colores de España"

… qué es muy lógico, porque un estandarte lleva colores ¿no?

 

decidió cantar:

"un estandarte con la alegría de España"

… puede parecer una tontería porque "un estandarte con la alegría"… ¡no tiene sentido!

 

La verdad es que aquel cambio de letra, estoy convencido de que no fue anodino.

Dicen que a Franco le gustaba mucho esa canción porque era patriótica.

Pero se conoce que Juanito Valderrama temió que "los colores del estandarte" pudiesen interpretarlos como los colores de la bandera de los emigrantes republicanos… entonces lo arregló de modo que el estandarte de la canción terminó sin colores para complacer a Franco… ¿Ves otra explicación?

¿Valderrama?... ¡valiente lameculos!

 

Charles ALVARO... Carlos ÁLVARO SUÁREZ

Acogida a la francesa.

 

A pocos días de la declaración de guerra en el mes de septiembre 1939, las autoridades francesas tuvieron miedo de que los refugiados españoles fuesen todos unos rojos sanguinarios dispuestos a echar el país a sangre y fuego.

De modo que mi madre (mejor dicho la que iba a ser...), mi abuela (64 años), mi tía Juanita (15 años, la hermana de mi madre) y Teresa mi hermana primogénita (20 meses) las echaron, con 118 otros españoles, hombres, mujeres, niños y viejos en la cárcel de Aubusson, una cárcel en desuso desde luego, pero una cárcel. ¡Y la Navidad de 1939 la pasaron en prisión!

Un día que los españoles estaban aireándose en el patio de la cárcel, unos franceses se acercaron de las murallas y gritaron.

- eh ! les Espagnols... vous avez faim ? (¿tenéis hambre?)

Los españoles:

- oui ! oui !

Los franceses:

- vous aimez le poulet ? (¿os gusta el pollo?)

Los españoles, con gran ilusión:

- oui ! oui !

Los franceses echaron por encima del muro una gallina podrida, llena de gusanos, y se fueron riéndose a carcajadas.

 

Otra "anécdota" en Aubusson.

Las condiciones de vida eran tan malas en la cárcel que un bebé murió del tifus. Las autoridades pusieron dos días para tomar la decisión de permitir que sacaran el cuerpecito. A los españoles les dieron el permiso de ir hasta el cementerio, pero entre dos filas de gendarmes.

Lo que ocurrió es bastante revelador en cuanto al sentido de muchos franceses en aquellos tiempos...

Los franceses del pueblo estaban en las aceras mirando al desfile de los españoles detrás del coche fúnebre. Entre ellos una niña, francesa, estaba comiendo un croissant al lado de su madre.

Mi hermana, que nunca había visto ni comido un croissant se soltó de la mano de mi madre para ir hacia aquella niña. La niña parecía dispuesta a dárlo a mi hermana pero cuando acerco la mano, su madre la cogió inmediatamente en sus brazos: "ne touche pas ! c'est des Espagnols ! c'est sale ! (¡no toques... son guarros!).

La calle Roudaire.

 

La calle donde nací y crecí hasta los doce años era una calle miserable, con casas muy antiguas y habitantes muy pobres pero era una calle que podía enorgullecerse de que no existiera otra calle en Francia, ni siquiera en el mundo mundial, que se llamara "Roudaire".

El nombre completo como estaba escrito al principio y al final de la calle era “calle del coronel Elie Roudaire”. Pero era más sencillo decir “calle Roudaire”. También se llamaba “antigua calle del suburbio de los carniceros”. El inconveniente era que aquel nombre era muy largo cuando debías escribirlo en los sobres. Otro inconveniente, más subjetivo, era que ese nombre daba una imagen de los habitantes más bien sanguinaria y cruel...

 

Nadie en la calle sabía por qué la calle llevaba ese nombre y quién había sido aquel coronel. Tal vez hubiera podido preguntárselo a un profesor de historia o a algún responsable de los archivos municipales, pero no lo hice y en aquellos tiempos, es útil precisarlo, no existía Wikipedia para buscarlo. Y la vida, los amores, los estudios, los amores, el trabajo y los amores me procuraron muchos otros quebraderos de cabeza.

 

Pues la explicación la tuve por casualidad un día de 2003, sin buscarla, escuchando la radio (France Culture), en un programa que trataba de la publicación de libros: estaba conduciendo y me quedé helado al oír aquel apellido tan familiar para mí y tan desconocido para la mayoría.

 

El coronel Elie Roudaire era nativo de Guéret, y además de ser coronel era geógrafo, contemporáneo de Ferdinand de Lesseps, el del canal de Suez.

 

Roudaire tuvo una idea tan grandiosa como sencilla: cavar una zanja (bueno, digamos una zanjaza muy grande) desde el mar mediterráneo y el Zahara para inundar la mayor parte del desierto. Crear un mar africano. Ni más ni menos!

 

Aquella idea tuvo mucho éxito en los círculos científicos, políticos... y especuladores.

 

Pero los hechos son tozudos, y los cálculos resultaron falsos. Es necesario precisar que en aquellos tiempos (en 1880) no existía Wikipedia (¡ni hablar!) no existían tampoco los satélites ni los GPS u otros instrumentos modernos y mi abuelita estaba por cumplir cinco años.

 

Además hoy es muy fácil averiguar el fracaso del proyecto porque en el Zahara, es más frecuente encontrarse con un camello que con un delfín.

 

Pero ahora que existe Wikipedia, se puede comprobar que, sin embargo, el proyecto del coronel Roudaire tuvo dos resultados concretos: el primero, procurar a Julio Verne el guión de su último romance “La invasión del mar”, el secundo, dar su nombre a la calle donde nací y crecí hasta los doce años y que era una calle miserable, con casas muy antiguas y habitantes muy pobres.

 

¿Cuanto cuesta un termómetro?

 

Cuando estaba en Lavaveix-les-Mines, un pueblo cercano de Guéret, mi hermana se puso enferma: un médico, después de verla en consulta dijo a mi madre que comprobase a menudo su temperatura. Eso es una conducta natural y comprensible, pero lo que el médico no comprendió es que mi madre no tenía ni termómetro ni dinero para comprarlo.

 

Entonces mi madre entró en una farmacia para comprar un termómetro. Pero no tenía bastante dinero… El único dinero que tenía se lo ganaba haciendo unas chapuzas: lavando la ropa de los Franceses o haciendo calcetines de punto.

 

El boticario: "si no hay más dinero que esto no hay termómetro"…y siguió: "¿ Y con que puede pagármelo?".

 

Además de lo puesto al pasar la frontera lo único que poseía mi madre era un par de cubiertos plateados (un regalo de bodas) y la cadena de reloj de oro macizo de su difunto padre. Cuando le enseñó la cadena de oro que era más larga que el antebrazo, el farmacéutico se la cogió de la mano y le entregó el termómetro: "esto vale para el termómetro, adiós Señora".

Las uvas de la suerte.

 

Respetar la tradición de las uvas de la suerte a veces era problemático. Comprar las uvas, no: aunque fueran bastante caras en aquellos tiempos de post-guerra, mi madre siempre se arregló para comprarlas y tenerlas listas para la Nochevieja, bien lavaditas, contadas en unos platillos. Y ... ¡prohibido comerlas antes de que fuera la hora!

 

Lo que era difícil, era alcanzar Radio Madrid con las ondas cortas: eso era la tarea de mi padre cada 31 de diciembre. Porque las uvas es imprescindible comerlas con las campanadas del reloj de la Puerta del Sol de Madrid, España, Europa, Mundo, Universo. Eso todos los niños que tienen cromosomas españoles lo saben por naturaleza.

 

Desde las once, mi padre se deslomaba para captar Radio Madrid: me acuerdo de los ruidos muy extraños que hacían las ondas cortas, silbidos, zumbidos, cloqueos, palabrotas. Las palabrotas no salían del altavoz, las palabrotas las decía mi padre cuando echaba pestes contra aquella maldita radio. Y un año ocurrió lo que debía ocurrir… mi padre no consiguió captar Radio Madrid a pesar de la bronca que le echó mi madre.

 

En vez de campanadas madrileñas, casi a la una de la madrugada, mi padre, apenado, cogió una cucharilla y dio doce golpecitos en la botella de champán. Empezamos a comer las uvas, un poco tristes y en silencio. El silencio duró poco: se terminó cuando mi hermanita se atragantó con las uvas y empezó a toser al borde de la asfixia. Y mi madre le echó otra bronca a mi padre porque había tocado las "campanadas" demasiado deprisa pá la nena.

No sé si aquel año tuvimos o no tuvimos suerte... Y nos fuimos al cine de las sabanas blancas con una pequeña aprensión.

Indignado desde el parvulario.

 

La primera vez que tuve un sentimiento de injusticia fue en el parvulario.

 

No me gustaba ir al colegio porque yo me encontraba muy bien en mi casa, con mi mamá y mi abuelita que me querían mucho, y con mi hermanita que me obedecía en todo lo que le decía que hiciera. La que casi siempre me llevaba al colegio era mi abuelita. Siempre iba vestida con un delantal muy oscuro, negro con florecitas grises. En aquellos tiempos en los que sólo los ricos tenían el váter en casa, todas la mujeres ancianas iban vestidas con prendas de luto.

 

Y como no quería quedarme en el colegio me agarraba al delantal de mi abuela: más de una vez me quedé en el colegio, sí, pero con el bolsillo del delantal arrancado en la mano.

 

No me gustaba el colegio y por supuesto tampoco me gustaba la maestra de escuela que era una solterona muy pequeñaja, muy fea y muy flaca : tan flaca que de perfil no se la veía (¡jajaja!). Y para colmo se llamaba Briquet : fijaos que ridículo, llamarse Mechero! Lo mismo hubiese podido llamarse Petaca o Cerilla...

 

Un día la señorita Briquet vino con una bolsa llena de racimos de uva. A todos los niños nos repartió un grano de uva con un trocito de papel cuadrado : la faena consistía en pelar ese grano de uva, abrir la pulpa y apartar las pepitas.

 

Como uno se lo puede figurar eso no era fácil para los deditos de unos niños de cuatro o cinco años, y mientras nos aplicábamos todos en practicar la autopsia del grano de uva... levanté los ojos… y vi que la señorita Briquet estaba zampándose todas las uvas de la bolsa... Al final, con gran solemnidad, nos dio el permiso de comer aquel granito de uva.

 

¡Cómo extrañarse de que con tales injusticias aparezcan luego vocaciones si no de revolucionarios, al menos de indignados!

Recuerdos gastronómicos : los conejos

 

Cuando era niño los conejos se compraban vivos en el mercado… Es necesario precisar que lo que te cuento transcurre en una época remota cuando no existían los lavavajillas y que para ahorrar el agua de fregar solíamos poner al revés el plato vacío de la comida para que nos sirvieran el postre.

 

A veces mi madre compraba un conejo en el mercado de Guéret, y a mi padre le tocaba matarlo: aquella matanza es un recuerdo de infancia muy feo.

 

Los conejos se mataban dándolos un golpe con un palo detrás de la cabeza: un golpe muy fuerte para que el conejo muriera enseguida y sin sufrir. Pero a mi padre no le gustaba hacer daño a los animales de tal modo que nunca lo pegaba bastante fuerte y el resultado era peor que peor: el conejo se retorcía para escaparse y se ponía a chillar por el dolor.

 

Entonces yo me ponía a gritar porque a mí los conejos me gustan dibujados en los tebeos, o vivos en el campo o guisados en el plato, pero no me gusta que sufran. Cuando oía que yo gritaba Aurelia ,mi hermanita, se ponía a chillar. Cuando oía nuestros gritos mi madre venía a echarle una bronca a mi padre, mientras él seguía dando palos al conejo. Y a cada palo una palabrota… palabrotas que trataban de Dios de la virgen y de hacer sus necesidades. Al oír las palabrotas mi madre se ponía muy nerviosa y gritaba más fuerte todavía.

 

Cuando ya no se movía el conejo, el secundo episodio era desangrarlo. Mi padre cogía un tazón grande para recoger la sangre y una navaja para sacarle un ojo al conejo. Yo me tapaba los ojos porque esa faena me parecía muy cruel. De verdad no me los tapaba por completo porque mi curiosidad prevalecía y porque sabía que con la sangre del conejo y un chorrito de vinagre se guisa una salsa muy rica. Algunas veces ocurrió que el conejo fingió morir pero no aguantó que le sacaran un ojo… y fue necesario volver al primer episodio, pero con gritos aún más fuertes.

 

El tercer episodio era arrancar la piel del conejo colgado por las patas de detrás. Eso lo hacía mi madre que era muy mañosa. La piel la quitaba con cuidado para no estropearla, la volvía con el pelo hacia dentro y la rellenaba con papel de periódico. Y después a secar colgada en el desván. A esperar de venderla a un tío que con regularidad pasaba por el pueblo con una bicicleta y una banasta para comprar las pieles. Pasaba por las calles gritando "peau de lapin" y por supuesto su mote era "peau de lapin" (piel de conejo).

 

Los últimos episodios eran quitar las tripas, apartar la vesícula biliar del hígado, trocear el conejo y, al final guisarlo.

 

Claro, el final verdadero era comerlo… guisado con tomate, torreznos y vino blanco o encebollado con vino tinto a la francesa, o asado con mostaza…

 

Me acuerdo de que muy pronto estuve en concurrencia con mi padre para comer la cabeza de conejo. Fui yo el que ganó gracias al arbitraje definitivo de mi abuelita. Dijo con solemnidad: "a Carlitos se le da el rabo y la cabeza, porque de lo que se come se cría".

 

Estoy convencido de que mi abuelita, aquel "pensamiento mágico" lo tomaba en serio y a mí me puso la duda. A partir de ese día, siempre comí con gusto y convicción los sesos y los rabos de todo lo que se guisaba en la casa… pero hoy no puedo decir lo que hubiera ocurrido si no los hubiera comido…

 

Recuerdos gastronómicos: el cocido madrileño... con garbanzos.

 

Cuando mi madre guisaba el cocido, siempre le decía: "mamá pon muchos garbanzos pá que queden pá la tortilla".

 

¿…?

 

Pues explicación es esta:

 

- el primer día comíamos el cocido, digamos normalmente. El caldo con fideos y garbanzos, las carnes que muy a menudo eran de gallina y de vacuno, chorizo, patatas, y verdura… Sin olvidar un hueso de ternera para dar gusto al caldo… el hueso se lo reservaba mi padre para comerse el tuétano.

 

- el día siguiente otra vez caldo con fideos y garbanzos, pero sin patatas. Las patatas recalentadas no son buenas, mi padre solía decir que las patatas recalentadas son "zapateras". Gallina si quedaba, sino carne diferente de la del cocido. Los garbanzos eran muy ricos y más tiernos de lo que eran la víspera.

 

- a los dos días, como mi madre me había hecho caso, quedaban garbanzos… Los echaba en una sartén para sofreírlos con aceite de oliva… después añadía unos huevos batidos para hacer la tortilla… ¡Y qué tortilla más exquisita! Cuando la dabas la vuelta se veían unos garbanzos delicadamente caramelizados que esmaltaban el amarillo de la tortilla… ¡un manjar de los dioses en los campos elíseos!

 

Sí señor, la apoteosis del cocido es la tortilla con garbanzos…

 

Una vecina sexi

 

Foto hecha (¿1947?) en la calle Roudaire a altura del número ocho bis, donde estaba ubicada la casa, mejor dicho el cuchitril, donde vivíamos.

 

En esta foto estoy a mano izquierda y Aurelia, mi hermanita, es la niña con la sillita revolcada por el suelo. La mujer que está entre los dos hombres es Gisèle, una vecina que tenía fama de ser como la Dolores de la zarzuela...“una chica muy guapa y amiga de hacer favores”. Pues la verdad es que Gisèle era una mujer que llamaba la atención a los hombres, y entre otros, a mi tío Luis...

 

Una vez, mi tío Luis pasó por Guéret. Por supuesto el viaje a Francia no lo hizo para ver a sus cuñados y sobrinos. Oficialmente iba a París para sus asuntos profesionales, y estando en Francia lo aprovechaba para dar un rodeo por Guéret. Digo oficialmente porque además de los asuntos profesionales y la visita a la familia mi tío Luis tenía otra motivación, una motivación oculta pero bastante importante, tal vez aquella motivación era la principal... Lo sé porque, una tarde, estaba escondido sentado debajo de la mesa, una mesa cubierta con un mantel muy largo. No con malas intenciones, para mí era un juego estar debajo del mantel como un indio en su tienda rodeada por los rostros pálidos. Y sorprendí una conversación entre mi padre y mi tío Luis. Sabía que no era conveniente escuchar las conversaciones de los mayores pero olvidé taparme los oídos. Mi tío Luis explicaba a mi padre que cuando estaba en París unía lo útil a lo agradable: iba a ver las “Folies Bergères”, un espectáculo de cabaré con unas mujeres muy guapas que bailaban con el pecho descubierto y que cuando daban la vuelta no tenían nada más que unas plumas para cubrirse el trasero. Claro, en aquellos tiempos, espectáculos semejantes en Madrid, ni hablar. La verdad es que cuando pasaba los Pirineos mi tío, el Señor Don Luis era un hombre diferente. Bueno, aquí cerramos el paréntesis y volvemos a Guéret.

 

Mi tío pidió a mi padre traducirle un piropo en francés para echarlo a Gisèle, la vecina sexi. Mi padre, como pintor (de brocha gorda) no había otro, pero como profesor de francés... era un poco flojo. Lo del piropo lo cavilaron un momento e hicieron muchos ensayos y repeticiones... El día siguiente cuando se encontró con Gisèle, mi tío Luis le dijo, recalcándolo muy requetebién: “mamuasél fus afé una cholí puatrín” [señorita usted tiene unos senos muy bonitos].

 

No sé si a Gisèle aquellas palabras le hicieron mucha ilusión pero lo cierto es que esa frase quedó en los anales de nuestra familia.

 

El barrio de Champegaud.

 

En Guéret había muchos pisos muy humildes, y en ciertos casos hablar de humildad era un eufemismo, la municipalidad hizo construir unas viviendas de alquiler moderado (en francés: HLM) cuya particularidad era que costasen un millón. Un millón, punto redondo. Por supuesto la municipalidad habló de la “operación millón”.

 

También he de especificarte estimado lector contemporáneo que aquel millón era en realidad un millón de céntimos, porque el franco el año siguiente, en 1958, cambió de valor, y aquel millón se trasformó en diez mil francos nuevos y, si das un blinco virtual al primero de enero de 1999, aquel millón de céntimos se hubiera vuelto a unos mil quinientos euros. Claro esto es manera de hablar porque los sueldos y los precios de aquellos tiempos no tenían nada que ver con los precios de hoy, pero esto es para que comprendas que el objetivo era que fueran lo más barato posible.

 

Los cuartos no tenían calefacción, el calentador de agua funcionaba con bombonas de gas, las ventanas no tenían postigos y los cristales no eran dobles como los hacen hoy, eran muy sencillitos y muy finos. La gracia de esos cristales era que cuando hacía mucho frío en invierno se cubrían de hielo y era posible escribir o hacer unos dibujitos con las uñas.

 

Otra cosa se debe precisar: además de ser muy baratos aquellos cuartos eran muy feos, pero lo que se dice feos y requeté feos, no comportaban piso y cuando los veías de lejos te parecía que fueran conejeras.

 

Bueno, a pesar de todo, dejar la calle Roudaire para mudar en el barrio de Champegaud fue une felicidad inmensa, fíjate: era posible hacer sus necesidades sin salir a la calle para ir a las letrinas en el huerto del casero. El primero requisito de la felicidad es poder cagar tranquilo, bien sentadito en la taza en vez de ponerse en cuclillas con un corriente de aire frío en las nalgas.

 

Cuando éramos muy niños, mamá permitía que nos quedáramos en la casa para hacer de vientre en un cubo, escondidos detrás de una cortina, en un rincón, pero eso era el último recurso que llevaba ventajas e inconvenientes. Lo bien que era es que si te corría prisa no era necesario ir muy lejos. Cuando anochecía era mejor no atravesar el huerto del casero donde acudían duendes y brujas que sacudían las ramas de los arboles en la oscuridad.

 

Lo malo es que a veces a un vecino se le ocurría venir cuando estábamos haciendo eso, con el temor que se diera cuenta de algo porque aquel día el P.I.B. (producto interior bruto) olía a demonios.

 

Otro motivo de felicidad: poder lavarse de manera simple, desnudándose en el cuarto de baño, puerta cerrada con llave, sin más que abrir el grifo del agua caliente. Fíjate: ya no era necesario ir a buscar el agua con un cubo en la fuente pública calle arriba, ya no era necesario calentar el agua en una olla, ya no era necesario echar el agua caliente en la palangana, ya no era necesario lavarse a escondidas...

 

La mudanza a Champegaud, a pesar de la rusticidad del cuarto, sí que la vivimos como un progreso muy importante, ¡Hoy diríamos que fue un menudo ascensor social!